domingo, 19 de agosto de 2012

Domingo XX del T.O.

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 6, 51-58

En aquel tiempo dijo Jesús a la gente:

-- Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo.

Disputaban los judíos entre sí:

--¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?

Entonces Jesús les dijo:

-- Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que como este pan vivirá para siempre.

viernes, 3 de agosto de 2012

La Virgen del Carmen en Burgos

Bendición Irlandesa

Europa

La cultura del continente europea ha sido modelada por la fe cristiana y mezclada de manera inextricable a su historia, hasta el punto que ésta sería incomprensible sin referencia a los acontecimientos que han caracterizado primero el gran período de la evangelización, y después los largos siglos en el decurso de los cuales el cristianismo, a pesar de la dolorosa división entre Oriente y Occidente, se afirmó como la religión de los europeos como tales...


El camino hacia el futuro no puede dejar de tener en cuenta este hecho; los cristianos están llamados tomar conciencia de manera renovada para demostrar las potencialidades permanentes de esta realidad. Tienen el derecho de aportar una específica contribución a la construcción de Europa, la cual será de mayor valor y eficacia si saben renovarse a la luz del Evangelio. Entonces se harán los continuadores de esta larga historia de santidad que ha a atravesado las diversas regiones de Europa en el curso de estos dos milenios en los que, los santos oficialmente reconocidos no son más que exponentes propuestos como modelos para todos. En efecto, hay innumerables cristianos que por su vida recta y honesta, animados por el amor de Dios y del prójimo, han alcanzado, tanto dentro de las vocaciones consagradas como dentro de las laicales más diversas, una verdadera santidad ampliamente difundida, aunque haya sido de manera escondida. La Iglesia no duda de que este tesoro de santidad es, precisamente, el secreto de su vida pasada y la esperanza de su futuro...
BEATO JUAN PABLO II

Cristo nos llama a todos a la conversión

Cristo, que durante su vida hizo siempre lo que enseñaba, pasó cuarenta días y cuarenta noches en ayuno y oración antes de comenzar su ministerio. Inauguró su misión pública con este gozoso mensaje: «El Reino de Dios está cerca» y añadiendo seguidamente este mandamiento: «Convertíos y creed la Buena Noticia» (Mc 1,15). Es toda la vida cristina que se encuentra, en cierta manera, resumida en estas palabras. No se puede llegar al Reino anunciado por Cristo más que a través de la « metanoia », es decir, por el cambio y renovación íntima y total del hombre entero… La invitación que nos hace el Hijo de Dios de la metanoia nos obliga tanto más porque él no sólo la predicó, sino que él mismo se ofreció como ejemplo. En efecto, Cristo es el modelo supremo de los penitentes. Él quiso sufrir no por sus pecados sino por los de los demás. Cuando un hombre se pone delante de Cristo queda iluminado con una luz nueva: reconoce la santidad de Dios y la gravedad de su pecado. Por la palabra de Cristo se le transmite el mensaje que le invita a la conversión y le concede el perdón de los pecados. Estos dones los recibe en plenitud en el bautismo, el cual le configura con la pasión, la muerte y la resurrección del Señor. A partir del bautismo, toda la vida del bautizado está situada bajo el signo de este misterio. Todo cristiano debe pues, seguir al Maestro renunciando a sí mismo, llevando su cruz y participando en los sufrimientos de Cristo. Así, transfigurado a imagen de su muerte, se hace capaz de meditar la gloria de la Resurrección. Seguirá al Maestro viviendo ya no para él, sino para Aquel que le ha amado y se ha entregado por él (Ga 2,20), y viviendo también para sus hermanos, completando «en su carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo sufriendo por su Cuerpo que es la Iglesia» (Col 1,24). PABLO VI

¿Que tengo yo, Señor Jesús, que Tú no me hayas dado?

¿Que tengo yo, Señor Jesús, que Tú no me hayas dado?
¿Qué sé yo que Tú no me hayas enseñado?
¿Qué valgo yo, si no estoy a Tu lado?
¿Qué merezco yo, si a Ti no estoy unido?
Perdóname los yerros que contra Ti he cometido.
Pues Tú me creaste sin que lo mereciera.
Y me redimiste sin que Te lo pidiera.
Mucho hiciste en crearme, mucho en redimirme,
y no serás menos generoso en perdonarme.
Pues la mucha sangre que derramaste
y la acerba muerte que padeciste
no fue por los ángeles que te alaban,
sino por mí y demás pecadores que te ofenden.
Si Te he negado, déjame reconocerte;
Si Te he injuriado, déjame alabarte;
Si Te he ofendido, déjame servirte;
Porque es más muerte que vida
la que no está empleada en tu santo servicio.
Amén

«Rogad al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies»

Un día en el que pensaba qué podía hacer yo para salvar almas, una frase del Evangelio me dio una viva luz. En otro tiempo Jesús dijo a sus discípulos enseñándoles los campos de trigo ya maduro: «Alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega». (Jn 4,35), y un poco más adelante: «En verdad, la mies es abundante pero el número de trabajadores es pequeño; pedid pues al señor de la mies que le mande trabajadores». ¡Qué misterio! ¿Acaso Jesús no es todopoderoso? ¿Las criaturas no son de quien las ha hecho? Entonces ¿por qué Jesús dice: «pedid, pues, al señor de la mies que le mande trabajadores»? ¿Por qué?

¡Ah! Es que Jesús nos tiene un amor tan incomprensible que quiere que tomemos parte con Él en la salvación de las almas. No quiere hacer nada sin nosotros. El creador del universo espera la oración de una pobre y pequeñita alma para salvar a las demás almas rescatadas, como ella, al precio de toda su sangre. Nuestra vocación no es ir a segar en los campos de trigo maduro. Jesús no nos dice: «Bajad los ojos, mirad los campos e id a segarlos». Nuestra misión [como carmelitas] es todavía más sublime. Estas son las palabras de nuestro Jesús: «¡Levantad los ojos y mirad. Mirad cómo en mi cielo hay lugares vacíos, os toca a vosotras el llenarlos; vosotras sois mis Moisés orando sobre el monte (Ex 17,8s). Pedirme obreros y yo os los enviaré, no espero otra cosa que una plegaria, un suspiro de vuestro corazón!»