"La fe no es tanto un acto intelectual, sino una forma de vivir, “un asunto de vida y corazón”, una fuerza creadora y transformadora que debe impregnar toda la vida de la persona.
Santa Teresa Benedicta de la Cruz, (Edith Stein)
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sábado, 25 de mayo de 2013
domingo, 5 de mayo de 2013
Mis ovejas escuchan mi voz
Puede ser que tú juzgues que es cosa difícil el orar porque no sabes como hacerlo. Cada uno de nosotros debe ayudarse a orar: en primer lugar, recurriendo al silencio, puesto que no podemos ponernos en presencia de Dios si no practicamos el silencio, tanto interior como exterior. Hacer silencio dentro de nosotros mismos no es cosa fácil, pero es un esfuerzo indispensable. Tan sólo en el silencio encontraremos una nueva fuerza y la verdadera unidad. La fuerza de Dios llegará a ser la nuestra para poder cumplir cualquier cosa tal como se debe; será lo mismo para llegar a que nuestros pensamientos estén unidos a los suyos, para la unión de nuestras oraciones con sus oraciones, para la unidad de nuestros actos con sus actos, de nuestra vida con su vida. La unidad es el fruto de la oración, de la humildad, del amor.
Dios habla en el silencio del corazón; si te pones frente a Dios en el silencio y la oración, Dios te hablará. Y sabrás entonces que tú no eres nada. Dios no puede llenarte de él mismo hasta que tú no conozcas tu nada, tu vaciedad. Las almas de los grandes orantes son almas de gran silencio.
El silencio hace cambiar nuestra visión de las cosas. Tenemos necesidad del silencio para llegar a «tocar» las almas de los demás. Lo esencial no es lo que nosotros decimos, sino lo que Dios dice, lo que nos dice, lo que dice a través de nosotros. En un silencio así, él nos escuchará; en un silencio así, hablará a nuestra alma, y escucharemos su voz.
Beata Teresa de Calcuta.
Dios habla en el silencio del corazón; si te pones frente a Dios en el silencio y la oración, Dios te hablará. Y sabrás entonces que tú no eres nada. Dios no puede llenarte de él mismo hasta que tú no conozcas tu nada, tu vaciedad. Las almas de los grandes orantes son almas de gran silencio.
El silencio hace cambiar nuestra visión de las cosas. Tenemos necesidad del silencio para llegar a «tocar» las almas de los demás. Lo esencial no es lo que nosotros decimos, sino lo que Dios dice, lo que nos dice, lo que dice a través de nosotros. En un silencio así, él nos escuchará; en un silencio así, hablará a nuestra alma, y escucharemos su voz.
Beata Teresa de Calcuta.
sábado, 24 de noviembre de 2012
¡Dios es tan grande!
En nuestros sentimientos
y en nuestras relaciones con el prójimo
hagamos pasar a Dios delante de todo,
teniendo sólo a Dios
en nuestros afectos, pensamientos,
palabras y acciones,
buscando en todo una única cosa:
ser y hacer lo que es más agradable a Dios.
¡Dios es tan grande!
¡Hay tanta diferencia entre Dios y todo lo que no es de él!
Beato Carlos de Foucauld
y en nuestras relaciones con el prójimo
hagamos pasar a Dios delante de todo,
teniendo sólo a Dios
en nuestros afectos, pensamientos,
palabras y acciones,
buscando en todo una única cosa:
ser y hacer lo que es más agradable a Dios.
¡Dios es tan grande!
¡Hay tanta diferencia entre Dios y todo lo que no es de él!
Beato Carlos de Foucauld
Haz el bien...
"No
os agobiéis buscando las causas de los grandes problemas de la humanidad;
contentaos con hacer lo que podáis para resolverlos ayudando a los que lo
necesitan. Algunos me dicen que haciendo caridad a los demás quitam
os las responsabilidades que los Estados tienen hacia
los necesitados y pobres. Esto no me preocupa en absoluto, porque, por lo
general, no es el amor lo que ofrecen los Estados. Hago sencillamente lo que
debo hacer, el resto no me compete.
jueves, 25 de octubre de 2012
«Para abrirle, apenas venga y llame»
El Dios Verbo sacude al perezoso y despierta al dormilón. En efecto, el que viene a llamar a la puerta viene siempre para entrar. Pero depende de nosotros si no siempre entra y si no siempre se queda con nosotros. Que tu puerta esté siempre abierta al que viene; abre tu alma, ensancha la capacidad de tu espíritu, y así descubrirás las riquezas de la simplicidad, los tesoros de la paz, la suavidad de la gracia. Dilata tu corazón; corre al encuentro del sol de la luz eterna que «ilumina a todo hombre» (Jn 1,9). Es cierto que esta luz verdadera luce para todos; pero si alguno cierra sus ventanas, él mismo se privará de la luz eterna.
Así, también Cristo permanece fuera si tú cierras la puerta de tu alma. Ciertamente que él podría entrar, pero no quiere introducirse a la fuerza, no quiere forzar a los que lo rechazan. Nacido de la Virgen, salido de su seno, irradia todo el universo para resplandecer para todos. Los que desean recibir la luz que brilla con esplendor perpetuo, le abren; ninguna noche vendrá a apagar la luz. En efecto, el sol que vemos todos los días cede el lugar a las tinieblas de la noche; pero el Sol de justicia (Ml 3,20) no conoce el ocaso, porque la Sabiduría no es vencida por el mal.
San Ambrosio
Así, también Cristo permanece fuera si tú cierras la puerta de tu alma. Ciertamente que él podría entrar, pero no quiere introducirse a la fuerza, no quiere forzar a los que lo rechazan. Nacido de la Virgen, salido de su seno, irradia todo el universo para resplandecer para todos. Los que desean recibir la luz que brilla con esplendor perpetuo, le abren; ninguna noche vendrá a apagar la luz. En efecto, el sol que vemos todos los días cede el lugar a las tinieblas de la noche; pero el Sol de justicia (Ml 3,20) no conoce el ocaso, porque la Sabiduría no es vencida por el mal.
San Ambrosio
Palabra y presencia de Cristo
He experimentado que es verdad que la Palabra de Dios es una presencia de Cristo y coincide con el Verbo mismo.
He pensado, entonces, que esta comunión con Jesús en su Palabra la puedo hacer en cada instante; y en cada instante puedo nutrirme de Él y hacerlo crecer en mí como una comunión continua.
He visto el Evangelio no ciertamente como un libro de consolación donde refugiarse en los momentos dolorosos, para obtener una respuesta, sino como un código que contiene las leyes de la vida, de cada momento de la vida; leyes que no hay que leer solamente y observar, sino que hay que “comer” con el alma, ¡y te hacen Cristo en cada momento!
Y lo he experimentado de un modo tan vital que ha minimizado y hecho caer en la nada todos los aspectos que cada momento de la vida conllevan (dolorosos, alegres, comunes, extraordinarios), resultándome indiferentes el uno en comparación del otro, para ver importante sólo el Cristo que con su Palabra los llena y los vive.
Chiara Lubich
He visto el Evangelio no ciertamente como un libro de consolación donde refugiarse en los momentos dolorosos, para obtener una respuesta, sino como un código que contiene las leyes de la vida, de cada momento de la vida; leyes que no hay que leer solamente y observar, sino que hay que “comer” con el alma, ¡y te hacen Cristo en cada momento!
Y lo he experimentado de un modo tan vital que ha minimizado y hecho caer en la nada todos los aspectos que cada momento de la vida conllevan (dolorosos, alegres, comunes, extraordinarios), resultándome indiferentes el uno en comparación del otro, para ver importante sólo el Cristo que con su Palabra los llena y los vive.
Chiara Lubich
¿Qué tengo que hacer para alcanzar la vida eterna?
Maestro, ¿qué he de hacer yo de bueno para conseguir la vida eterna?» Al joven que le hace esta pregunta, Jesús responde primero invocando la necesidad de reconocer a Dios como «el único Bueno», como el Bien por excelencia y como la fuente de todo bien. Luego Jesús le declara: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». Y cita a su interlocutor los preceptos que se refieren al amor del prójimo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás testimonio falso, honra a tu padre y a tu madre». Finalmente, Jesús resume estos mandamientos de una manera positiva: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 19, 16-19).
A esta primera respuesta se añade una segunda: «Si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme» (Mt 19, 21). Esta respuesta no anula la primera. El seguimiento de Jesucristo implica cumplir los mandamientos.
Catecismo de la Iglesia Católica, 2052-2053.
No era una prisa mediocre la que el joven había demostrado; era como la de un amante. Cuando los demás hombres se acercaban a Cristo para probarlo o para hablarle de sus enfermedades, de las de sus padres o aún de otras personas, él se acerca para conversar con Jesús sobre la Vida eterna. El terreno era rico y fértil, pero también lleno de espinas y abrojos para ahogar la simiente (Mt 13,7). Considera cuán dispuesto está a obedecer los mandamientos: “¿Qué debo hacer para heredar la Vida eterna?”… Nuestro joven, se marchó triste y con los ojos bajos, que es signo nada despreciable de que no había venido con malas disposiciones. Sólo era demasiado débil; tenía el deseo de la Vida, pero le retuvo una pasión muy difícil se superar.
San Juan Crisóstomo, Homilía 63 sobre san Mateo
Jesús había dicho al joven: «Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt 19,17). Él le preguntó: «¿Cuáles?», no para ponerlo a prueba de lo cual no tenía intención, sino suponiendo que para Él habría, juntamente con la Ley de Moisés, otros mandamientos que le llevarían a la Vida. Esto daba prueba de su ardiente deseo. Cuando Jesús le hubo enunciado los mandamientos de la Ley, el joven le dijo: «Todo eso lo he cumplido desde mi juventud.» Pero no se detuvo ahí sino que le preguntó: «¿Qué me falta?» (Mt 19,20), lo cual era igualmente signo de su ardiente deseo. No es propio de un alma pequeña darse cuenta de que todavía le falta algo, que le parece insuficiente el ideal propuesto para alcanzar el objeto de su propio deseo.
San Juan Crisóstomo, Homilía 63 sobre san Mateo
Quien se alimenta de Cristo en la Eucaristía no tiene que esperar el más allá para recibir la vida eterna: la posee ya en la tierra como primicia de la plenitud futura, que abarcará al hombre en su totalidad. En efecto, en la Eucaristía recibimos también la garantía de la resurrección corporal al final del mundo: «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día» (Jn 6, 54). Esta garantía de la resurrección futura proviene de que la carne del Hijo del hombre, entregada como comida, es su cuerpo en el estado glorioso del resucitado. Con la Eucaristía se asimila, por decirlo así, el «secreto» de la resurrección. Por eso san Ignacio de Antioquía definía con acierto el Pan eucarístico «fármaco de inmortalidad, antídoto contra la muerte».
S.S. Juan Pablo II, EdE 18
San Juan vio... a la santísima Madre de Dios gozando ya la eterna felicidad, y, sin embargo, en los dolores de un misterioso alumbramiento. ¿Qué alumbramiento? El nuestro seguramente; el de nosotros, que, retenidos todavía en este destierro, tenemos necesidad de ser engendrados en el perfecto amor de Dios y en la eterna felicidad. En cuanto a los dolores de parto, señalan el amor y el ardor con que María vela desde lo alto del cielo y trabaja con infatigables oraciones en llevar a su plenitud al número de los elegidos.
S.S. San Pío X
A esta primera respuesta se añade una segunda: «Si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme» (Mt 19, 21). Esta respuesta no anula la primera. El seguimiento de Jesucristo implica cumplir los mandamientos.
Catecismo de la Iglesia Católica, 2052-2053.
No era una prisa mediocre la que el joven había demostrado; era como la de un amante. Cuando los demás hombres se acercaban a Cristo para probarlo o para hablarle de sus enfermedades, de las de sus padres o aún de otras personas, él se acerca para conversar con Jesús sobre la Vida eterna. El terreno era rico y fértil, pero también lleno de espinas y abrojos para ahogar la simiente (Mt 13,7). Considera cuán dispuesto está a obedecer los mandamientos: “¿Qué debo hacer para heredar la Vida eterna?”… Nuestro joven, se marchó triste y con los ojos bajos, que es signo nada despreciable de que no había venido con malas disposiciones. Sólo era demasiado débil; tenía el deseo de la Vida, pero le retuvo una pasión muy difícil se superar.
San Juan Crisóstomo, Homilía 63 sobre san Mateo
Jesús había dicho al joven: «Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt 19,17). Él le preguntó: «¿Cuáles?», no para ponerlo a prueba de lo cual no tenía intención, sino suponiendo que para Él habría, juntamente con la Ley de Moisés, otros mandamientos que le llevarían a la Vida. Esto daba prueba de su ardiente deseo. Cuando Jesús le hubo enunciado los mandamientos de la Ley, el joven le dijo: «Todo eso lo he cumplido desde mi juventud.» Pero no se detuvo ahí sino que le preguntó: «¿Qué me falta?» (Mt 19,20), lo cual era igualmente signo de su ardiente deseo. No es propio de un alma pequeña darse cuenta de que todavía le falta algo, que le parece insuficiente el ideal propuesto para alcanzar el objeto de su propio deseo.
San Juan Crisóstomo, Homilía 63 sobre san Mateo
Quien se alimenta de Cristo en la Eucaristía no tiene que esperar el más allá para recibir la vida eterna: la posee ya en la tierra como primicia de la plenitud futura, que abarcará al hombre en su totalidad. En efecto, en la Eucaristía recibimos también la garantía de la resurrección corporal al final del mundo: «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día» (Jn 6, 54). Esta garantía de la resurrección futura proviene de que la carne del Hijo del hombre, entregada como comida, es su cuerpo en el estado glorioso del resucitado. Con la Eucaristía se asimila, por decirlo así, el «secreto» de la resurrección. Por eso san Ignacio de Antioquía definía con acierto el Pan eucarístico «fármaco de inmortalidad, antídoto contra la muerte».
S.S. Juan Pablo II, EdE 18
San Juan vio... a la santísima Madre de Dios gozando ya la eterna felicidad, y, sin embargo, en los dolores de un misterioso alumbramiento. ¿Qué alumbramiento? El nuestro seguramente; el de nosotros, que, retenidos todavía en este destierro, tenemos necesidad de ser engendrados en el perfecto amor de Dios y en la eterna felicidad. En cuanto a los dolores de parto, señalan el amor y el ardor con que María vela desde lo alto del cielo y trabaja con infatigables oraciones en llevar a su plenitud al número de los elegidos.
S.S. San Pío X
Nuestra dependencia de Dios
"Necesitamos escapar de nosotros mismos hacia algo que esté más allá; y por mucho
que deseemos otra cosa e intentemos convertirnos en ídolos de nosotros mismos,
nada es nuestro refugio fuera de la presencia de Dios; todo
lo demás no es sino una burla o un recurso útil en su
momento y en su medida.
¡Qué desdichado es aquel que desconoce en la
práctica esta gran novedad! Se imagina que puede vivir sin un objetivo. Se
imagina que se basta por sí mismo. Veis al hombre educado, lleno de pensamientos
inteligentes, en plena acción, pero con un corazón de piedra, frío y muerto por
lo que se refiere a sus afectos. Veis a otros con afectos cálidos quizá para sus
familias, con sentimientos benévolos hacia sus congéneres, pero que se detienen
ahí; centran sus corazones en lo que es seguro que les fallará, porque es
perecedero. La vida pasa, la riqueza se escapa, la popularidad es voluble, los
sentimientos desfallecen, el mundo cambia, los amigos mueren. Sólo uno es firme,
sólo uno nos es fiel, sólo uno puede serlo todo para nosotros".
Beato John Henry Newman
viernes, 5 de octubre de 2012
Que el amor de Cristo pueda tomar posesión de nosotros
"Debo decirlo lisa y llanamente, por extraño que parezca a primera vista: las comodidades de la vida son la causa principal de nuestra falta de amor a Dios; por mucho que nos lamentemos y luchemos, hasta que no aprendamos a prescindir en buena medida de ellas no venceremos.
Hasta que, en cierto sentido, nos despeguemos de nuestros cuerpos, nuestros espíritus no estarán en condiciones de recibir impresiones divinas y poner en práctica aspiraciones celestiales. Una vida fácil y suave, el goce ininterrumpido de los bienes de la providencia, comidas abundantes, prendas de vestir suaves, hogares bien amueblados, los placeres de los sentidos, el sentimiento de seguridad…, estas cosas y otras parecidas, si no las vigilamos, obstruyen todas las avenidas del alma a través de las cuales puede llegar hasta nosotros el aire y la luz del cielo.
La esencia de la verdadera conversión es la rendición de sí mismo, un rendirse incondicional y sin reservas… ¿Qué nos falta, pues, a los que profesamos la religión? Lo repito: la voluntad de ser cambiados, la voluntad de soportar, si puedo usar esta palabra, que Dios omnipotente nos cambie. No nos gusta soltar nuestro antiguo yo".
Beato John Henry Newman
Beato John Henry Newman
viernes, 28 de septiembre de 2012
Que tome su cruz y me siga
"El ser uno con Cristo es nuestra bienaventuranza y el progresivo hacerse uno con Él es nuestra felicidad en la tierra, porque el amor por la cruz y la gozosa filiación divina no son contradictorios. Ayudar a Cristo a ll
evar la cruz proporciona una alegría fuerte y pura, y aquellos que pueden hacerlo son los constructores del reino de Dios, son los auténticos hijos de Dios. De ahí que la preferencia por el camino de la cruz no signifique ninguna contradicción ante el hecho de que el Viernes Santo ya haya pasado y la obra de la redención ya haya sido consumada. Solamente los redimidos, los hijos de la gracia, pueden ser portadores de la cruz de Cristo. El sufrimiento humano recibe fuerza expiatoria sólo si está unido al sufrimiento de la Cabeza divina.
Sufrir y ser felices en el sufrimiento, estar en la tierra, recorrer los sucios y ásperos caminos de esta tierra y, con todo, reinar con Cristo a la derecha del Padre; con los hijos de este mundo reír y llorar, y con los coros de los ángeles cantar ininterrumpidamente alabanzas a Dios; ésta es la vida del cristiano hasta el día en que rompa el alba de la eternidad".
Sta Teresa Benedicta de la Cruz, carmelita y mártir
Beato Juan Pablo II
Exhortación Apostólica "Eclessia in Europa" 28 de junio de 2003125. En esta contemplación, animada por auténtico amor, María se nos presenta como figura de la Iglesia que, alentada por la esperanza, reconoce la acción salvadora y misericordiosa de Dios, a cuya luz comprende el propio camino y toda la historia. Ella nos ayuda a interpretar también hoy nuestras vicisitudes bajo la guía de su Hijo Jesús. Criatura nueva plasmada por el Espíritu Santo, María hace crecer en nosotros la virtud de la esperanza.
A ella, Madre de la esperanza y del consuelo, dirigimos confiadamente nuestra oración: pongamos en sus manos el futuro de la Iglesia en Europa y de todas las mujeres y hombres de este Continente:
María, Madre de la esperanza,¡camina con nosotros!Enséñanos a proclamar al Dios vivo;ayúdanos a dar testimonio de Jesús,el único Salvador;haznos serviciales con el prójimo,acogedores de los pobres, artífices de justicia,constructores apasionadosde un mundo más justo;intercede por nosotros que actuamosen la historiaconvencidos de que el designiodel Padre se cumplirá.Aurora de un mundo nuevo,¡muéstrate Madre de la esperanzay vela por nosotros!Vela por la Iglesia en Europa:que sea trasparencia del Evangelio;que sea auténtico lugar de comunión;que viva su misiónde anunciar, celebrar y servirel Evangelio de la esperanzapara la paz y la alegría de todos.Reina de la Paz,¡protege la humanidad del tercer milenio!Vela por todos los cristianos:que prosigan confiados por la vía de la unidad,como fermentopara la concordia del Continente.Vela por los jóvenes,esperanza del mañana:que respondan generosamentea la llamada de Jesús;Vela por los responsables de las naciones:que se empeñen en construir una casa común,en la que se respeten la dignidady los derechos de todos.María, ¡danos a Jesús!¡Haz que lo sigamos y amemos!Él es la esperanza de la Iglesia,de Europa y de la humanidad.Él vive con nosotros,entre nosotros, en su Iglesia.Contigo decimos« Ven, Señor Jesús » (Ap 22,20):Que la esperanza de la gloriainfundida por Él en nuestros corazonesdé frutos de justicia y de paz.
«Haced el bien y prestad sin esperar nada»
Beata Teresa de CalcutaEs posible que en tu apartamento o en la casa de al lado de la tuya, viva un ciego que se alegraría que le hicieras una visita para leerle el periódico. Puede ser que haya una familia que esté necesitada de alguna cosa sin importancia a tus ojos, alguna cosa tan simple como el hecho de guardarle su hijo durante media hora. Hay muchísimas cosas que son tan pequeñas que mucha gente no se da cuenta de ellas. No creas que hace falta ser simple de espíritu para ocuparse de la cocina. No pienses nunca que sentarse, levantarse, ir y venir, que todo lo que haces no es importante a los ojos de Dios. Dios no va a pedirte cuántos libros has leído, ni cuántos milagros has hecho. Te preguntará si lo has hecho lo mejor que has podido, por amor a él. ¿Puedes, sinceramente, decir: «He hecho todo lo que he podido»? Aunque lo más y mejor acabe siendo un fracaso, debe ser nuestro más y mejor. Si realmente estás enamorado de Cristo, por modesto que sea tu trabajo, lo harás lo mejor que puedas, con todo el corazón. Es tu trabajo quien dará testimonio de tu amor. Puedes agotarte en el trabajo, e incluso puedes matarte, pero en tanto que no está impregnado de amor, es inútil.Es posible que en tu apartamento o en la casa de al lado de la tuya, viva un ciego que se alegraría que le hicieras una visita para leerle el periódico. Puede ser que haya una familia que esté necesitada de alguna cosa sin importancia a tus ojos, alguna cosa tan simple como el hecho de guardarle su hijo durante media hora. Hay muchísimas cosas que son tan pequeñas que mucha gente no se da cuenta de ellas. No creas que hace falta ser simple de espíritu para ocuparse de la cocina. No pienses nunca que sentarse, levantarse, ir y venir, que todo lo que haces no es importante a los ojos de Dios. Dios no va a pedirte cuántos libros has leído, ni cuántos milagros has hecho. Te preguntará si lo has hecho lo mejor que has podido, por amor a él. ¿Puedes, sinceramente, decir: «He hecho todo lo que he podido»? Aunque lo más y mejor acabe siendo un fracaso, debe ser nuestro más y mejor. Si realmente estás enamorado de Cristo, por modesto que sea tu trabajo, lo harás lo mejor que puedas, con todo el corazón. Es tu trabajo quien dará testimonio de tu amor. Puedes agotarte en el trabajo, e incluso puedes matarte, pero en tanto que no está impregnado de amor, es inútil.
viernes, 24 de agosto de 2012
Vende todo lo que tienes
"Es más fácil que un camellos pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos" (Mt 19,24). El rico que no obra como Jesús quiere, se juega la eternidad.
Pero todos somos ricos, mientras Jesús no llegue a vivir en nosotros en toda su plenitud. Incluso el pobre que lleva en su alforja un solo pedazo de pan y blasfema si alguien se lo toca, es un rico igual que los demás. Su corazón está apegado a algo que no es Dios. Y si no se hace pobre según el Evangelio, no entrará en el Reino de los Cielos. La senda que sube hasta allí es estrecha, y por ella sólo pasa la nada.
Hay quien es rico en ciencia y la satisfacción que ésta le produce le impide la entrada en el Reino y la entrada del Reino en él; por lo cual el Espíritu de la Sabiduría de Dios no tiene sitio en su alma.
Hay quien es rico de presunción, de jactancia, de afectos humanos y, hasta que no se desprende de todo eso, no es de Dios. Hay que quitarse todo del corazón para poner a Dios en él, y todo lo creado según el orden de Dios.
Hay quien es rico de preocupaciones y no sabe ponerlas en el Corazón de Dios y está atormentado. No tiene la alegría, la paz y la caridad que son del Reino de los Cielos.
No pasa.
Hay quien es rico de sus propios pecados y los llora y se tortura, en vez de quemarlos en la misericordia de Dios y mirar hacia adelante, amando a Dios y al prójimo por el tiempo que no ha amado. CHIARA LUBICH
Pero todos somos ricos, mientras Jesús no llegue a vivir en nosotros en toda su plenitud. Incluso el pobre que lleva en su alforja un solo pedazo de pan y blasfema si alguien se lo toca, es un rico igual que los demás. Su corazón está apegado a algo que no es Dios. Y si no se hace pobre según el Evangelio, no entrará en el Reino de los Cielos. La senda que sube hasta allí es estrecha, y por ella sólo pasa la nada.
Hay quien es rico en ciencia y la satisfacción que ésta le produce le impide la entrada en el Reino y la entrada del Reino en él; por lo cual el Espíritu de la Sabiduría de Dios no tiene sitio en su alma.
Hay quien es rico de presunción, de jactancia, de afectos humanos y, hasta que no se desprende de todo eso, no es de Dios. Hay que quitarse todo del corazón para poner a Dios en él, y todo lo creado según el orden de Dios.
Hay quien es rico de preocupaciones y no sabe ponerlas en el Corazón de Dios y está atormentado. No tiene la alegría, la paz y la caridad que son del Reino de los Cielos.
No pasa.
Hay quien es rico de sus propios pecados y los llora y se tortura, en vez de quemarlos en la misericordia de Dios y mirar hacia adelante, amando a Dios y al prójimo por el tiempo que no ha amado. CHIARA LUBICH
viernes, 3 de agosto de 2012
Europa
La cultura del continente europea ha sido modelada por la fe cristiana y mezclada de manera inextricable a su historia, hasta el punto que ésta sería incomprensible sin referencia a los acontecimientos que han caracterizado primero el gran período de la evangelización, y después los largos siglos en el decurso de los cuales el cristianismo, a pesar de la dolorosa división entre Oriente y Occidente, se afirmó como la religión de los europeos como tales...
El camino hacia el futuro no puede dejar de tener en cuenta este hecho; los cristianos están llamados tomar conciencia de manera renovada para demostrar las potencialidades permanentes de esta realidad. Tienen el derecho de aportar una específica contribución a la construcción de Europa, la cual será de mayor valor y eficacia si saben renovarse a la luz del Evangelio. Entonces se harán los continuadores de esta larga historia de santidad que ha a atravesado las diversas regiones de Europa en el curso de estos dos milenios en los que, los santos oficialmente reconocidos no son más que exponentes propuestos como modelos para todos. En efecto, hay innumerables cristianos que por su vida recta y honesta, animados por el amor de Dios y del prójimo, han alcanzado, tanto dentro de las vocaciones consagradas como dentro de las laicales más diversas, una verdadera santidad ampliamente difundida, aunque haya sido de manera escondida. La Iglesia no duda de que este tesoro de santidad es, precisamente, el secreto de su vida pasada y la esperanza de su futuro...
BEATO JUAN PABLO II
El camino hacia el futuro no puede dejar de tener en cuenta este hecho; los cristianos están llamados tomar conciencia de manera renovada para demostrar las potencialidades permanentes de esta realidad. Tienen el derecho de aportar una específica contribución a la construcción de Europa, la cual será de mayor valor y eficacia si saben renovarse a la luz del Evangelio. Entonces se harán los continuadores de esta larga historia de santidad que ha a atravesado las diversas regiones de Europa en el curso de estos dos milenios en los que, los santos oficialmente reconocidos no son más que exponentes propuestos como modelos para todos. En efecto, hay innumerables cristianos que por su vida recta y honesta, animados por el amor de Dios y del prójimo, han alcanzado, tanto dentro de las vocaciones consagradas como dentro de las laicales más diversas, una verdadera santidad ampliamente difundida, aunque haya sido de manera escondida. La Iglesia no duda de que este tesoro de santidad es, precisamente, el secreto de su vida pasada y la esperanza de su futuro...
BEATO JUAN PABLO II
Cristo nos llama a todos a la conversión
Cristo, que durante su vida hizo siempre lo que enseñaba, pasó cuarenta días y cuarenta noches en ayuno y oración antes de comenzar su ministerio. Inauguró su misión pública con este gozoso mensaje: «El Reino de Dios está cerca» y añadiendo seguidamente este mandamiento: «Convertíos y creed la Buena Noticia» (Mc 1,15). Es toda la vida cristina que se encuentra, en cierta manera, resumida en estas palabras. No se puede llegar al Reino anunciado por Cristo más que a través de la « metanoia », es decir, por el cambio y renovación íntima y total del hombre entero… La invitación que nos hace el Hijo de Dios de la metanoia nos obliga tanto más porque él no sólo la predicó, sino que él mismo se ofreció como ejemplo. En efecto, Cristo es el modelo supremo de los penitentes. Él quiso sufrir no por sus pecados sino por los de los demás. Cuando un hombre se pone delante de Cristo queda iluminado con una luz nueva: reconoce la santidad de Dios y la gravedad de su pecado. Por la palabra de Cristo se le transmite el mensaje que le invita a la conversión y le concede el perdón de los pecados. Estos dones los recibe en plenitud en el bautismo, el cual le configura con la pasión, la muerte y la resurrección del Señor. A partir del bautismo, toda la vida del bautizado está situada bajo el signo de este misterio. Todo cristiano debe pues, seguir al Maestro renunciando a sí mismo, llevando su cruz y participando en los sufrimientos de Cristo. Así, transfigurado a imagen de su muerte, se hace capaz de meditar la gloria de la Resurrección. Seguirá al Maestro viviendo ya no para él, sino para Aquel que le ha amado y se ha entregado por él (Ga 2,20), y viviendo también para sus hermanos, completando «en su carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo sufriendo por su Cuerpo que es la Iglesia» (Col 1,24). PABLO VI
domingo, 1 de julio de 2012
¿No reparas en la viga en tu ojo?
No tengas en mucho quien está por ti o contra ti; más busca y procura que sea Dios contigo en todo lo que haces. Ten buena conciencia y Dios te defenderá. Al que Dios quiere ayudar, no le podrá dañar la malicia de hombre alguno. Si tú sabes callar y sufrir, sin dudas verás el favor de Dios. Él sabe bien el tiempo y la manera de librarte, y por eso te debes ofrecer a Él en todo. A Dios pertenece ayudar y librar de toda confusión. Algunas veces conviene para nuestra humildad, que otros sepan nuestros defectos y los reprendan.
Cuando el hombre se humilla por sus defectos, entonces fácilmente aplaca y mitiga a los otros, y satisface a los que le odian. Dios defiende y libra al humilde, al humilde ama y consuela; al humilde se inclina; al humilde da grande gracia, y después de su abatimiento lo levanta a honra. Al humilde descubre sus secretos, y le atrae dulcemente a sí, y le convida. El humilde, recibida la injuria y afrenta, está en mucha paz, porque está en Dios y no en el mundo. No pienses haber aprovechado algo, si no te estimas por el más bajo de todos.
Ponte primero a ti en paz, y después podrás apaciguar a los otros. El hombre pacífico, aprovecha más que el letrado. El hombre que tiene pasión, aún el bien convierte en mal, y de ligero cree lo malo. El hombre bueno y pacífico, todas las cosas consigue la mejor parte. El que está en buena paz, de ninguno tiene sospecha. En cambio, el descontento y alterado, de diversas sospechas es atormentado; ni él descansa ni deja descansar a los otros. Dice muchas veces lo que no debiera y deja de hacer lo que más le convenía. Piensa lo que otros deben hacer y él deja sus propias obligaciones. Ten pues, primero celo contigo, y después podrás tener buen celo con el prójimo.
Tomás de Kempis
Cuando el hombre se humilla por sus defectos, entonces fácilmente aplaca y mitiga a los otros, y satisface a los que le odian. Dios defiende y libra al humilde, al humilde ama y consuela; al humilde se inclina; al humilde da grande gracia, y después de su abatimiento lo levanta a honra. Al humilde descubre sus secretos, y le atrae dulcemente a sí, y le convida. El humilde, recibida la injuria y afrenta, está en mucha paz, porque está en Dios y no en el mundo. No pienses haber aprovechado algo, si no te estimas por el más bajo de todos.
Ponte primero a ti en paz, y después podrás apaciguar a los otros. El hombre pacífico, aprovecha más que el letrado. El hombre que tiene pasión, aún el bien convierte en mal, y de ligero cree lo malo. El hombre bueno y pacífico, todas las cosas consigue la mejor parte. El que está en buena paz, de ninguno tiene sospecha. En cambio, el descontento y alterado, de diversas sospechas es atormentado; ni él descansa ni deja descansar a los otros. Dice muchas veces lo que no debiera y deja de hacer lo que más le convenía. Piensa lo que otros deben hacer y él deja sus propias obligaciones. Ten pues, primero celo contigo, y después podrás tener buen celo con el prójimo.
Tomás de Kempis
La Palabra "encarnada"
CHIARA LUBICH
Con gran alegría recibo sus líneas que dan testimonio del recuerdo y de… la unidad.
Que la Madre del cielo, de la que somos hijas, nos plenifique en la más estrecha unidad y forme en nosotras a su queridísimo Hijo: Jesús Abandonado.
Nos encontramos en la vida, provenientes de dos caminos muy diferentes, las dos orientadas hacia un único Amor. Y ese Amor debe hacernos Uno.
No le he hablado, hermana querida, de nuestra unidad en su aspecto concreto y querría decirle algo hoy por escrito.
Hemos comprendido que el mundo necesita de una cura de… Evangelio, porque sólo la Buena Nueva puede darle la vida que le falta. Es por eso que vivimos la Palabra de Vida.
Cada dos meses el obispo de Asís (Nota: monseñor Giuseppe Placido M. Nicolini, obispo entre 1928 y 1973) nos manda una palabra de la Sagrada Escritura y nosotros la vivimos en el momento presente.
La “encarnamos” hasta llegar a ser palabra viviente. Cada frase del Evangelio es igual a las demás porque contiene toda la Verdad, así como un trozo de la Hostia Santa contiene a todo Jesús.
Sería suficiente una palabra para santificarnos, para ser otro Jesús.
Con el tiempo vivimos muchas palabras de la Sagrada Escritura, de manera tal que quedan como patrimonio imborrable de nuestra alma.
La actual es “No son los que me dicen: ‘Señor, Señor’ los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo” (Nota: Evangelio de Mateo 7, 21).
Esta es la luz que ilumina a todas las personas que pertenecen a la Unidad durante un mes. Luego llegará otra.
Vivirla en el momento presente es nuestra tarea.
Y todos pueden hacerlo: de cualquier vocación, edad, sexo, condición social… porque Jesús es Luz para todo hombre que llega a este mundo.
Con este simple método nos re-evangelizamos y, con nosotros, al mundo.
¡Quien vive la verdad llega a esta luz!
Intente vivirla y encontrará toda la perfección; y así como cada mañana se alimenta de la Eucaristía, también la saciará esta Palabra. Encontrará en ella, como decía san Francisco, “el maná escondido de las mil fragancias”.
Sólo en la verdad amamos. De lo contrario, el amor es un sentimentalismo vacuo. El amor verdadero es Cristo, la Verdad, el Evangelio.
Seamos Evangelios vivientes, Palabras de Vida, otros Jesús. Así lo amaremos realmente, e imitaremos a María Santísima, la Madre de la Luz, del Verbo.
No tenemos otro libro que el Evangelio, ni otra ciencia u otro arte. Allí está la Vida. Quien la encuentra no muere.
No sé, querida hermana, si he logrado explicarme.
Confío al Espíritu Santo estas pocas palabras. Si el Señor así lo quisiera nos volveremos a encontrar. Mientras tanto, que la unidad con Él sea nuestro único sueño. Con Él directamente y con Él en el prójimo, haciéndonos uno con sus dolores, lágrimas, tormentos, preocupaciones, alegrías, cansancios, trabajos.
En esta unidad encontraremos la paz plena y el gozo perfecto prometidos.
Guardemos en el corazón este tesoro. Él, como un Padre, un Esposo, un verdadero Amigo, al derramar su sangre por nosotros, nos regaló la posibilidad de gozar en plenitud. ¿Hay un amor más grande? Me despido en el infinito amor de Dios e invoco para usted todo el fuego del Esposo.
Con gran alegría recibo sus líneas que dan testimonio del recuerdo y de… la unidad.
Que la Madre del cielo, de la que somos hijas, nos plenifique en la más estrecha unidad y forme en nosotras a su queridísimo Hijo: Jesús Abandonado.
Nos encontramos en la vida, provenientes de dos caminos muy diferentes, las dos orientadas hacia un único Amor. Y ese Amor debe hacernos Uno.
No le he hablado, hermana querida, de nuestra unidad en su aspecto concreto y querría decirle algo hoy por escrito.
Hemos comprendido que el mundo necesita de una cura de… Evangelio, porque sólo la Buena Nueva puede darle la vida que le falta. Es por eso que vivimos la Palabra de Vida.
Cada dos meses el obispo de Asís (Nota: monseñor Giuseppe Placido M. Nicolini, obispo entre 1928 y 1973) nos manda una palabra de la Sagrada Escritura y nosotros la vivimos en el momento presente.
La “encarnamos” hasta llegar a ser palabra viviente. Cada frase del Evangelio es igual a las demás porque contiene toda la Verdad, así como un trozo de la Hostia Santa contiene a todo Jesús.
Sería suficiente una palabra para santificarnos, para ser otro Jesús.
Con el tiempo vivimos muchas palabras de la Sagrada Escritura, de manera tal que quedan como patrimonio imborrable de nuestra alma.
La actual es “No son los que me dicen: ‘Señor, Señor’ los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo” (Nota: Evangelio de Mateo 7, 21).
Esta es la luz que ilumina a todas las personas que pertenecen a la Unidad durante un mes. Luego llegará otra.
Vivirla en el momento presente es nuestra tarea.
Y todos pueden hacerlo: de cualquier vocación, edad, sexo, condición social… porque Jesús es Luz para todo hombre que llega a este mundo.
Con este simple método nos re-evangelizamos y, con nosotros, al mundo.
¡Quien vive la verdad llega a esta luz!
Intente vivirla y encontrará toda la perfección; y así como cada mañana se alimenta de la Eucaristía, también la saciará esta Palabra. Encontrará en ella, como decía san Francisco, “el maná escondido de las mil fragancias”.
Sólo en la verdad amamos. De lo contrario, el amor es un sentimentalismo vacuo. El amor verdadero es Cristo, la Verdad, el Evangelio.
Seamos Evangelios vivientes, Palabras de Vida, otros Jesús. Así lo amaremos realmente, e imitaremos a María Santísima, la Madre de la Luz, del Verbo.
No tenemos otro libro que el Evangelio, ni otra ciencia u otro arte. Allí está la Vida. Quien la encuentra no muere.
No sé, querida hermana, si he logrado explicarme.
Confío al Espíritu Santo estas pocas palabras. Si el Señor así lo quisiera nos volveremos a encontrar. Mientras tanto, que la unidad con Él sea nuestro único sueño. Con Él directamente y con Él en el prójimo, haciéndonos uno con sus dolores, lágrimas, tormentos, preocupaciones, alegrías, cansancios, trabajos.
En esta unidad encontraremos la paz plena y el gozo perfecto prometidos.
Guardemos en el corazón este tesoro. Él, como un Padre, un Esposo, un verdadero Amigo, al derramar su sangre por nosotros, nos regaló la posibilidad de gozar en plenitud. ¿Hay un amor más grande? Me despido en el infinito amor de Dios e invoco para usted todo el fuego del Esposo.
«Ahí tienes a tu madre»
San Maximiliano Kolbe (1894-1941), franciscano, mártir
Esforcémonos para amar al Señor con el corazón de la Inmaculada, de recibirlo con su corazón, de alabarle con las actitudes de ella, de reparar, agradecer, aunque no lo comprendamos y, sin embargo, es la realidad. Es a través de su corazón, de sus actitudes que alabamos al Señor Jesús. Si verdaderamente es ella quien ama y glorifica a Jesús a través nuestro, es que somos sus instrumentos.
Ella sola nos va a enseñar cómo amar al Señor Jesús mucho mejor, sin comparación, que todos los libros y todos los maestros. Ella nos enseña a amarle tal como ella le ama. Y todo nuestro esfuerzo debe tender a que sea ella sola, con nuestro corazón, la que ame al Señor Jesús.
Sólo el alma poseída por el amor de Dios saca de ella todo lo que le estorba. Todo se concentra en el amor de Dios. Y ahora ¡quién ama más a Jesús pobre y crucificado, en el pesebre, que la Madre santísima! Nadie en el mundo, ni tan sólo entre los ángeles ama ni ha amado tan ardientemente al Señor Jesús como la Madre de Dios... La Inmaculada es el desarrollo total del amor divino en nuestras almas y el medio para acercarnos al corazón de Jesús.
Esforcémonos para amar al Señor con el corazón de la Inmaculada, de recibirlo con su corazón, de alabarle con las actitudes de ella, de reparar, agradecer, aunque no lo comprendamos y, sin embargo, es la realidad. Es a través de su corazón, de sus actitudes que alabamos al Señor Jesús. Si verdaderamente es ella quien ama y glorifica a Jesús a través nuestro, es que somos sus instrumentos.
Ella sola nos va a enseñar cómo amar al Señor Jesús mucho mejor, sin comparación, que todos los libros y todos los maestros. Ella nos enseña a amarle tal como ella le ama. Y todo nuestro esfuerzo debe tender a que sea ella sola, con nuestro corazón, la que ame al Señor Jesús.
Sólo el alma poseída por el amor de Dios saca de ella todo lo que le estorba. Todo se concentra en el amor de Dios. Y ahora ¡quién ama más a Jesús pobre y crucificado, en el pesebre, que la Madre santísima! Nadie en el mundo, ni tan sólo entre los ángeles ama ni ha amado tan ardientemente al Señor Jesús como la Madre de Dios... La Inmaculada es el desarrollo total del amor divino en nuestras almas y el medio para acercarnos al corazón de Jesús.
El apostolado de la evangelización y santificación de los hombres
La obra de la redención de Cristo, que de suyo tiende a salvar a los hombres, comprende también la restauración incluso de todo el orden temporal. Por tanto, la misión de la Iglesia no es sólo anunciar el mensaje de Cristo y su gracia a los hombres, sino también el impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico. Por consiguiente, los laicos, siguiendo esta misión, ejercitan su apostolado tanto en el mundo como en la Iglesia, lo mismo en el orden espiritual que en el temporal: órdenes que, por más que sean distintos, se compenetran de tal forma en el único designio de Dios, que el mismo Dios tiende a reasumir, en Cristo, todo el mundo en la nueva creación, incoactivamente en la tierra, plenamente en el último día. El laico, que es a un tiempo fiel y ciudadano, debe comportarse siempre en ambos órdenes con una conciencia cristiana.
La misión de la Iglesia tiende a la santificación de los hombres, que hay que conseguir con la fe en Cristo y con su gracia. El apostolado, pues, de la Iglesia y de todos sus miembros se ordena, ante todo, al mensaje de Cristo, que hay que revelar al mundo con las palabras y con las obras, y a comunicar su gracia.
Esto se realiza principalmente por el ministerio de la palabra y de los Sacramentos, encomendado especialmente al clero, en el que los laicos tienen que desempeñar también un papel importante, para ser "cooperadores de la verdad" incoactivamente aquí en la tierra, plenamente en el cielo(3 Jn., 8). En este orden sobre todo se completan mutuamente el apostolado de los laicos y el ministerio pastoral. A los laicos se les presentan innumerables ocasiones para el ejercicio del apostolado de la evangelización y de la santificación. El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas, realizadas con espíritu sobrenatural, tienen eficacia para atraer a los hombres hacia la fe y hacia Dios, pues dice el Señor: "Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, para que viendo vuestras buenas obras glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt., 5,16).
La misión de la Iglesia tiende a la santificación de los hombres, que hay que conseguir con la fe en Cristo y con su gracia. El apostolado, pues, de la Iglesia y de todos sus miembros se ordena, ante todo, al mensaje de Cristo, que hay que revelar al mundo con las palabras y con las obras, y a comunicar su gracia.
Esto se realiza principalmente por el ministerio de la palabra y de los Sacramentos, encomendado especialmente al clero, en el que los laicos tienen que desempeñar también un papel importante, para ser "cooperadores de la verdad" incoactivamente aquí en la tierra, plenamente en el cielo(3 Jn., 8). En este orden sobre todo se completan mutuamente el apostolado de los laicos y el ministerio pastoral. A los laicos se les presentan innumerables ocasiones para el ejercicio del apostolado de la evangelización y de la santificación. El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas, realizadas con espíritu sobrenatural, tienen eficacia para atraer a los hombres hacia la fe y hacia Dios, pues dice el Señor: "Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, para que viendo vuestras buenas obras glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt., 5,16).
Aprended de mí
¿Qué es seguir sino imitar? La prueba está en que Cristo sufrió por nosotros dejándonos así un ejemplo, como dice el Apóstol, para que sigamos sus pasos (1P 2,21).
Dichosos los pobres en el espíritu.
Imitad, pues, al que se hizo pobre por vosotros siendo él rico (2C 8,9)
Dichosos los mansos.
Imitad al que ha dicho: tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón (Mt 11,29).
Dichosos los que lloran.
Imitad al que lloró sobre Jerusalén
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia.
Imitad al que dice: mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado (Jn 4,34).
Dichosos los misericordiosos.
Imitad al que ayudó a aquel que los ladrones hirieron y yacía en el camino medio muerto y desesperanzado (Lc 10,33).
Dichosos los limpios de corazón.
Imitad al que no tuvo ni sombra de pecado y sobre sus labios no se encontró ni un punto de malicia (1 P 2,22).
Dichosos los pacíficos.
Imitad al que dijo en favor de sus perseguidores: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen (Lc 23,24).
Dichosos los que sufren persecución por causa de la justicia.
Imitad al que sufrió por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas
Con los ojos de la fe que has abierto en mí, te veo, oh mi buen Jesús, te veo clamando y diciendo, como arengando al género humano: «Venid a mí y poneos a mi escuela».
San Agustín(Doctor de la Iglesia)
Dichosos los pobres en el espíritu.
Imitad, pues, al que se hizo pobre por vosotros siendo él rico (2C 8,9)
Dichosos los mansos.
Imitad al que ha dicho: tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón (Mt 11,29).
Dichosos los que lloran.
Imitad al que lloró sobre Jerusalén
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia.
Imitad al que dice: mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado (Jn 4,34).
Dichosos los misericordiosos.
Imitad al que ayudó a aquel que los ladrones hirieron y yacía en el camino medio muerto y desesperanzado (Lc 10,33).
Dichosos los limpios de corazón.
Imitad al que no tuvo ni sombra de pecado y sobre sus labios no se encontró ni un punto de malicia (1 P 2,22).
Dichosos los pacíficos.
Imitad al que dijo en favor de sus perseguidores: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen (Lc 23,24).
Dichosos los que sufren persecución por causa de la justicia.
Imitad al que sufrió por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas
Con los ojos de la fe que has abierto en mí, te veo, oh mi buen Jesús, te veo clamando y diciendo, como arengando al género humano: «Venid a mí y poneos a mi escuela».
San Agustín(Doctor de la Iglesia)
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