San Maximiliano Kolbe (1894-1941), franciscano, mártir
Esforcémonos para amar al Señor con el corazón de la Inmaculada, de recibirlo con su corazón, de alabarle con las actitudes de ella, de reparar, agradecer, aunque no lo comprendamos y, sin embargo, es la realidad. Es a través de su corazón, de sus actitudes que alabamos al Señor Jesús. Si verdaderamente es ella quien ama y glorifica a Jesús a través nuestro, es que somos sus instrumentos.
Ella sola nos va a enseñar cómo amar al Señor Jesús mucho mejor, sin comparación, que todos los libros y todos los maestros. Ella nos enseña a amarle tal como ella le ama. Y todo nuestro esfuerzo debe tender a que sea ella sola, con nuestro corazón, la que ame al Señor Jesús.
Sólo el alma poseída por el amor de Dios saca de ella todo lo que le estorba. Todo se concentra en el amor de Dios. Y ahora ¡quién ama más a Jesús pobre y crucificado, en el pesebre, que la Madre santísima! Nadie en el mundo, ni tan sólo entre los ángeles ama ni ha amado tan ardientemente al Señor Jesús como la Madre de Dios... La Inmaculada es el desarrollo total del amor divino en nuestras almas y el medio para acercarnos al corazón de Jesús.
domingo, 1 de julio de 2012
El apostolado de la evangelización y santificación de los hombres
La obra de la redención de Cristo, que de suyo tiende a salvar a los hombres, comprende también la restauración incluso de todo el orden temporal. Por tanto, la misión de la Iglesia no es sólo anunciar el mensaje de Cristo y su gracia a los hombres, sino también el impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico. Por consiguiente, los laicos, siguiendo esta misión, ejercitan su apostolado tanto en el mundo como en la Iglesia, lo mismo en el orden espiritual que en el temporal: órdenes que, por más que sean distintos, se compenetran de tal forma en el único designio de Dios, que el mismo Dios tiende a reasumir, en Cristo, todo el mundo en la nueva creación, incoactivamente en la tierra, plenamente en el último día. El laico, que es a un tiempo fiel y ciudadano, debe comportarse siempre en ambos órdenes con una conciencia cristiana.
La misión de la Iglesia tiende a la santificación de los hombres, que hay que conseguir con la fe en Cristo y con su gracia. El apostolado, pues, de la Iglesia y de todos sus miembros se ordena, ante todo, al mensaje de Cristo, que hay que revelar al mundo con las palabras y con las obras, y a comunicar su gracia.
Esto se realiza principalmente por el ministerio de la palabra y de los Sacramentos, encomendado especialmente al clero, en el que los laicos tienen que desempeñar también un papel importante, para ser "cooperadores de la verdad" incoactivamente aquí en la tierra, plenamente en el cielo(3 Jn., 8). En este orden sobre todo se completan mutuamente el apostolado de los laicos y el ministerio pastoral. A los laicos se les presentan innumerables ocasiones para el ejercicio del apostolado de la evangelización y de la santificación. El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas, realizadas con espíritu sobrenatural, tienen eficacia para atraer a los hombres hacia la fe y hacia Dios, pues dice el Señor: "Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, para que viendo vuestras buenas obras glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt., 5,16).
La misión de la Iglesia tiende a la santificación de los hombres, que hay que conseguir con la fe en Cristo y con su gracia. El apostolado, pues, de la Iglesia y de todos sus miembros se ordena, ante todo, al mensaje de Cristo, que hay que revelar al mundo con las palabras y con las obras, y a comunicar su gracia.
Esto se realiza principalmente por el ministerio de la palabra y de los Sacramentos, encomendado especialmente al clero, en el que los laicos tienen que desempeñar también un papel importante, para ser "cooperadores de la verdad" incoactivamente aquí en la tierra, plenamente en el cielo(3 Jn., 8). En este orden sobre todo se completan mutuamente el apostolado de los laicos y el ministerio pastoral. A los laicos se les presentan innumerables ocasiones para el ejercicio del apostolado de la evangelización y de la santificación. El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas, realizadas con espíritu sobrenatural, tienen eficacia para atraer a los hombres hacia la fe y hacia Dios, pues dice el Señor: "Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, para que viendo vuestras buenas obras glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt., 5,16).
Aprended de mí
¿Qué es seguir sino imitar? La prueba está en que Cristo sufrió por nosotros dejándonos así un ejemplo, como dice el Apóstol, para que sigamos sus pasos (1P 2,21).
Dichosos los pobres en el espíritu.
Imitad, pues, al que se hizo pobre por vosotros siendo él rico (2C 8,9)
Dichosos los mansos.
Imitad al que ha dicho: tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón (Mt 11,29).
Dichosos los que lloran.
Imitad al que lloró sobre Jerusalén
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia.
Imitad al que dice: mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado (Jn 4,34).
Dichosos los misericordiosos.
Imitad al que ayudó a aquel que los ladrones hirieron y yacía en el camino medio muerto y desesperanzado (Lc 10,33).
Dichosos los limpios de corazón.
Imitad al que no tuvo ni sombra de pecado y sobre sus labios no se encontró ni un punto de malicia (1 P 2,22).
Dichosos los pacíficos.
Imitad al que dijo en favor de sus perseguidores: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen (Lc 23,24).
Dichosos los que sufren persecución por causa de la justicia.
Imitad al que sufrió por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas
Con los ojos de la fe que has abierto en mí, te veo, oh mi buen Jesús, te veo clamando y diciendo, como arengando al género humano: «Venid a mí y poneos a mi escuela».
San Agustín(Doctor de la Iglesia)
Dichosos los pobres en el espíritu.
Imitad, pues, al que se hizo pobre por vosotros siendo él rico (2C 8,9)
Dichosos los mansos.
Imitad al que ha dicho: tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón (Mt 11,29).
Dichosos los que lloran.
Imitad al que lloró sobre Jerusalén
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia.
Imitad al que dice: mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado (Jn 4,34).
Dichosos los misericordiosos.
Imitad al que ayudó a aquel que los ladrones hirieron y yacía en el camino medio muerto y desesperanzado (Lc 10,33).
Dichosos los limpios de corazón.
Imitad al que no tuvo ni sombra de pecado y sobre sus labios no se encontró ni un punto de malicia (1 P 2,22).
Dichosos los pacíficos.
Imitad al que dijo en favor de sus perseguidores: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen (Lc 23,24).
Dichosos los que sufren persecución por causa de la justicia.
Imitad al que sufrió por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas
Con los ojos de la fe que has abierto en mí, te veo, oh mi buen Jesús, te veo clamando y diciendo, como arengando al género humano: «Venid a mí y poneos a mi escuela».
San Agustín(Doctor de la Iglesia)
« Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos »
Hoy, hemos sido alimentados con el carbón de fuego, a la sombra del cual cantan los Querubines (Is 6,2s).
Hoy hemos oído la voz poderosa y suave que nos dice:
Este cuerpo quema las espinas de los pecados, ilumina el alma de los hombres.
Este cuerpo ha sido tocado por la mujer que padecía flujos de sangre y ha sido curada de su enfermedad.
Este cuerpo, con sólo verlo, curó a la hija de la Cananea.
Este cuerpo, la pecadora, con todo el ardor de su alma se acercó a Él y fue liberada del barro de sus pecados.
Este cuerpo, lo tocó Tomás y lo reconoció exclamando: «Mi Señor y mi Dios»
Este cuerpo, grande y muy alto, es el fundamento de nuestra salvación.
Antaño, el que es el Verbo y la Vida nos declaró:
«Esta sangre ha sido derramada por vosotros y entregada para la remisión de los pecados.
Hemos bebido, amados míos, la sangre santa e inmortal.
Hemos bebido, amados míos, la sangre que fluyó del costado del Señor, que cura toda enfermedad, que libera a todas las almas.
Hemos bebido la sangre con la que hemos sido rescatados.
Hemos sido comprados e instruidos, hemos sido iluminados.
¡Mirad, hermanos, qué cuerpo hemos comido!
¡Mirad, hijos, qué sangre nos ha embriagado!
Mirad la alianza pactada con nuestro Dios, por miedo a enrojecer en el día terrible, en el día del juicio (cf 1C 11,29).
¿Quién está en condiciones de glorificar el misterio de la gracia?Hemos sido juzgados dignos de participar del don.
Vigilémonos hasta el fin a fin de poder escuchar su voz bendita, dulce y santa:
«Venid, benditos de mi Padre, recibid en herencia el reino preparado para vosotros» (Mt 25,34)...
Amados míos, celebramos las maravillas del bautismo de Jesús (cf Mc 10,38),
su santa y vivificante resurrección,
por la que el mundo ha recibido la salvación.
Aguardamos todos la dichosa realización
por la gracia y la benevolencia de nuestro Señor Jesucristo:
a Él sean dadas la gloria, el honor y la adoración.
Ante el Misterio Eucarístico
PREPARA, AMADO MÍO, PREPARA EN MÍ
UNA APACIBLE Y DELEITOSA MORADA PARA TI,
DE MODO QUE VENGAS A MÍ Y TENGAS EN MÍ TU REPOSO.
MORITIFICA Y QUITA DE MÍ TODO LO QUE TE DESAGRADA.
APÁRTAME Y ARRÁNCAME DE TODO CUANTO HAY DEBAJO DE TI.
HAZME UN HOMBRE A LA MEDIDA DE TU CORAZÓN.
HAZME CONFORME A TU SAGRADA HUMANIDAD.
HIERE LO ÍNTIMO DE MI CORAZÓN CON LA FLECHA DE TU AMOR.
EMBRIAGA MI ESPÍRITU CON EL VINO DE LA PERFECTA CARIDAD.
JÚNTAME A TI ÍNTIMAMENTE,
TRANSFÓRMAME Y MÚDAME TODO EN TI,
PARA QUE PUEDAS TENER EN MÍ TUS DELEITES Y REGALOS.
UNA APACIBLE Y DELEITOSA MORADA PARA TI,
DE MODO QUE VENGAS A MÍ Y TENGAS EN MÍ TU REPOSO.
MORITIFICA Y QUITA DE MÍ TODO LO QUE TE DESAGRADA.
APÁRTAME Y ARRÁNCAME DE TODO CUANTO HAY DEBAJO DE TI.
HAZME UN HOMBRE A LA MEDIDA DE TU CORAZÓN.
HAZME CONFORME A TU SAGRADA HUMANIDAD.
HIERE LO ÍNTIMO DE MI CORAZÓN CON LA FLECHA DE TU AMOR.
EMBRIAGA MI ESPÍRITU CON EL VINO DE LA PERFECTA CARIDAD.
JÚNTAME A TI ÍNTIMAMENTE,
TRANSFÓRMAME Y MÚDAME TODO EN TI,
PARA QUE PUEDAS TENER EN MÍ TUS DELEITES Y REGALOS.
Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón
"Buscarse a sí mismo en Dios es buscar las dulzuras y consolaciones de Dios, y esto es contrario al puro amor de Dios. Es un gran mal tener presente los bienes de Dios más que a Dios mismo, la oración y el despojo. Hay muchos que buscan en Dios sus consuelos y sus gustos, y desean que su Majestad los llene de sus favores y sus dones; pero el número de los que pretenden complacerle y darle alguna cosa en detrimento de ellos mismos, menospreciando su propio interés, es muy pequeño.
Hay muy pocos hombres espirituales, incluso entre los que uno piensa que están muy adelante en la virtud, que consiguen una perfecta determinación para el bien. Jamás llegan a renunciarse enteramente sobre algún punto del espíritu del mundo o de naturaleza, ni a menospreciar lo que se dirá o se pensará de ellos, cuando se trata de cumplir por puro amor a Jesucristo las obras de perfección y de desprendimiento.
El que no quiere sino a Dios solo, no anda en tinieblas, por pobre y privado de luz que pueda ser a sus propios ojos. El alma que, en medio de las sequedades y abandonos, conserva siempre su atención y su solicitud en servir a Dios podrá sentir pena y temor de no llegar al fin; pero, en realidad, ofrecerá a Dios 'un sacrificio de un muy agradable olor."
San Juan de la Cruz, doctor de la Iglesia
Hay muy pocos hombres espirituales, incluso entre los que uno piensa que están muy adelante en la virtud, que consiguen una perfecta determinación para el bien. Jamás llegan a renunciarse enteramente sobre algún punto del espíritu del mundo o de naturaleza, ni a menospreciar lo que se dirá o se pensará de ellos, cuando se trata de cumplir por puro amor a Jesucristo las obras de perfección y de desprendimiento.
El que no quiere sino a Dios solo, no anda en tinieblas, por pobre y privado de luz que pueda ser a sus propios ojos. El alma que, en medio de las sequedades y abandonos, conserva siempre su atención y su solicitud en servir a Dios podrá sentir pena y temor de no llegar al fin; pero, en realidad, ofrecerá a Dios 'un sacrificio de un muy agradable olor."
San Juan de la Cruz, doctor de la Iglesia
Domingo XIII del T.O.
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS 5, 21-43
En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y al verlo se echo a sus pies, rogándole con insistencia:
-- Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.
Jesús se fue con le acompañado de mucha gente que lo apretujaba. Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacia doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero en vez de mejorar se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido, curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado.
Jesús, notando que había salido una fuerza de él, se volvió enseguida en medio de la gente, preguntando:
-- ¿Quién me ha tocado el manto?
Los discípulos le contestaron:
--Ves como te apretuja la gente y preguntas: “¿quién me ha tocado?”
Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echo a los pies y le confesó todo. Él le dijo:
-- Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y con salud.
Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle:
-- Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?
Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga:
-- No temas; basta que tengas fe.
No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban. Entró y les dijo:
-- ¿Qué estrépito y que lloros son estos? La niña no está muerta, está dormida.
Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos, y con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes entró donde estaba la niña, la cogió de la mano, y le dijo:
-- Talitha qumi (que significa: contigo hablo, niña, levántate).
La niña se puso en pie inmediatamente y echo a andar --tenía doce años--. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.
En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y al verlo se echo a sus pies, rogándole con insistencia:
-- Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.
Jesús se fue con le acompañado de mucha gente que lo apretujaba. Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacia doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero en vez de mejorar se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido, curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado.
Jesús, notando que había salido una fuerza de él, se volvió enseguida en medio de la gente, preguntando:
-- ¿Quién me ha tocado el manto?
Los discípulos le contestaron:
--Ves como te apretuja la gente y preguntas: “¿quién me ha tocado?”
Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echo a los pies y le confesó todo. Él le dijo:
-- Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y con salud.
Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle:
-- Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?
Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga:
-- No temas; basta que tengas fe.
No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban. Entró y les dijo:
-- ¿Qué estrépito y que lloros son estos? La niña no está muerta, está dormida.
Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos, y con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes entró donde estaba la niña, la cogió de la mano, y le dijo:
-- Talitha qumi (que significa: contigo hablo, niña, levántate).
La niña se puso en pie inmediatamente y echo a andar --tenía doce años--. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.
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